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Te estamos esperando…ISABEL

Esta semana está siendo más de emociones que de otra cosa, y aunque hoy queríamos contaros un plan de viaje muy chulo, lo reservamos para la semana que viene, y le dedicamos este post a nuestros primos, que si Dios quiere, hoy serán papás.

 
 
El texto se refiera a un hijo, y en este caso será una hija, pero en cualquiera de los dos, creo que el sentimiento es el mismo.
 
Hoy estamos toda la familia muy nerviosa, esperando noticias, y encendiendo una velita para que sea una horita corta.
 
Y a ti, pequeña, ya te dedicaremos un post entero (que aquí a todo el mundo le gusta que le dediquemos uno 😉 pero antes de que revoluciones la vida de todos, decirte que te prepares para todo lo que vas a vivir, porque el mundo de los mayores es caótico, pero también es increíble.
Y te mereces aprovecharlo desde hoy hasta siempre.
 
Ah, y por favor, que seas pequeñita y te quepa toda la ropita que te ha hecho tu abuela 🙂
 
Has tenido la gran suerte de tener una familia increíble. Disfrútala.
 
Te estamos esperando, ISABEL.
 

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Seguimos emocionadas…

 
Hoy os quiero enseñar la reflexión más bonita que he leído desde hace mucho tiempo, sobre el amor de una mamá a su hijo…
 

Nunca nos arrepentiremos:

“Estamos haciendo una encuesta”, dice medio en broma.

“¿Crees que deberíamos tener un bebé?”

– “Vuestra vida va a cambiar”, digo cuidadosamente y manteniendo mi neutralidad.

– “Lo sé”, me contesta. “Se acabaron las fiestas nocturnas los fines de semana, las vacaciones espontáneas…”

Pero no me refería a eso en absoluto. Miré a mi hija tratando de decidir qué decirle.
Me gustaría que supiese lo que no va a aprender en las cases de preparación al parto.
Me gustaría decirle que las heridas físicas tras el parto se curan, pero convertirse en madre conlleva una serie de heridas emocionales a la que siempre será vulnerable.

Pienso en decirle que nunca volverá a leer el periódico sin preguntarse después ¿Qué hubiera pasado si ese hubiera sido mi hijo?. Que cada accidente de avión, cada incendio serán su obsesión. Que cuando vea las fotos de niños hambrientos, ella siempre se preguntará si podría haber algo peor que ver a su hijo morir.

Miro sus uñas cuidadosamente pintadas y su elegante traje. Después pienso que no importa lo sofisticada que sea, ya que cuando se convierta en madre adquirirá el nivel primitivo de una osa que vela por su cachorro. Que una llamada urgente de “¡mama!” hará que deje caer la tarta que esté preparando o su figura de cristal favorita sin vacilar ni un instante.

Siento que debo advertirle, pues no importan todos los años que haya invertido en su carrera profesional, pues verá las cosas de otro modo con la maternidad. Podría dejar todo listo para que alguien se encargue del pequeño mientras acude a una reunión de negocios, pero seguirá pensando en el olor de su bebé. Tendrá que hacer gala de una disciplina de hierro para no acudir a casa, solo para ver que su bebé se encuentra bien.

Quiero que mi hija sepa que tomar decisiones ya no será una cuestión de rutina. Que el deseo de un niño de 5 años de entrar al baño masculino para hacer sus necesidades se convertirá en un gran dilema. Que justo allí, en mitad de la gente con bandejas y niños gritando a pleno pulmón, los temas de la independencia y la identidad de género serán sopesados contra la perspectiva de que un abusador esté acechando en ese baño.

En cuanto a mi atractiva hija, quiero asegurarle que en un futuro conseguirá perder los kilos del embarazo, pero que nunca se sentirá igual consigo misma. Que su vida, ahora tan importante, tendrá menos valor después de tener un hijo. Empezará a desear vivir más años, no para cumplir sus propios sueños, sino para ver a sus hijos lograr los suyos. Quiero que sepa que las estrías o una cicatriz de cesárea se convertirán en insignias de honor.

La relación de mi hija con su marido cambiará, pero no de la manera que piensa. Deseo que pudiera entender cuánto se puede llegar a querer a un hombre que cambia los pañales del bebé o que nunca le asaltan las dudas para jugar con sus hijos. Creo que debería saber que seguirá enamorándose de él por razones que ahora encontraría muy poco románticas.

Me gustaría que mi hija se diese cuenta de lo ligada que se sentirá a aquellas mujeres históricas que trataron de detener la guerra, los prejuicios y conducir borracho.

Quiero describirle la euforia que se siente cuando ves a tu hijo aprendiendo a andar o a montar en bicicleta. Me gustaría capturar para ella las carcajadas de un bebé que toca la suave piel de un gato o un perro por primera vez. Quiero que saboree esa dicha tan real, que duele.

La mirada interrogativa de mi hija me hace darme cuenta de que las lágrimas se han empezado a acumular en mis ojos. “Nunca lo lamentarás”, digo finalmente. Entonces alargué mi brazo a través de la mesa y apreté la mano de mi hija.
 
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Para todas las mamás y futuras mamás…Ese CAMBIO de vida.

El otro día leí este artículo por una de las miles de redes sociales que veo diariamente. No recuerdo cuál. Pero automaticamente me vino a la cabeza lo primero, mi hermana. Y lo segundo esas mamis primerizas o a punto de serlo. Porque sin duda tiene que ser la experiencia más alucinante de tu vida, pero me he dado cuenta de que es muy duro. (Y eso que lo veo desde la grada). Mucho más de lo que yo pensaba. Aunque por supuesto compense.  De hecho un día, comentaba en casa, a modo irònico, que creía que a todos los matrimonios deberían dejarles un bebé durante un mes antes de ser padres. La respuesta? Entonces nadie tendría hijos. Luego vino la explicación, claro, de que sólo das tu vida entera, cuando ese hijo es tuyo. Menos mal! 🙂


Os dejamos el artículo, para que lo leais y se lo mandéis a vuestras amigas, conocidas o vecinas que estén viviendo la increíble experiencia de ser mamás. Y también a los papás, porque ellos son el otro 50% de todo esto.

A veces es muy duro convertirse en madre.
Sí: vale la pena.
Sí: es la experiencia más poderosa que puede llegar a vivir una mujer.
Sí: nada te marca tanto como el momento en que sostienes por fin en brazos al hijo que acaba de salir de ti…deliciosamente sucio, húmedo, caliente, y te mira a los ojos como diciendo: te conozco.
Pero es duro.
Y no sólo se trata de la falta de sueño, de las secuelas del parto, de los cuidados que demanda un recién nacido (¡tan pequeñito y tan exigente!), ni siquiera del cóctel de hormonas que te deja turuleta hasta varias semanas después. Tampoco la falta de experiencia y la incertidumbre acerca de si lo estás haciendo bien o no, ni las propias dudas y comentarios de familiares bienintencionados pero que no hacen sino disparar tu
propia inseguridad, tu miedo.
Es bastante más que eso. Es la ruptura total y repentina con tu propia identidad, con aquello que hasta el momento de parir te había definido: tus proyectos, tus ambiciones, tu trabajo, tus amigos, tu cuerpo, y todo aquello que llamabas tuyo. Tu tiempo. Tu vida.
Es mirarte al espejo mientras tu criaturita está prendada a tu pecho, y no reconocerte.
¿En qué momento te convertiste en esta mujer ojerosa que no tiene un minuto ni para darse una ducha? ¿Quién es ella? ¿Quién eres ahora?
Sigues siendo tú, sólo que una versión más grande de ti misma. Pero al principio no lo
sabes. Al principio no te encuentras. No hay nada que logre vincular esta nueva vida tuya de cambios de pañal, tetadas a deshoras y canciones de cuna, con aquella otra vida que parece tan remota, aquella en la que ibas y venías a tu antojo, disponías de tu tiempo y te pertenecías.
Porque, claro, todo tu ser es ahora para otro. Y ese otro se está alimentando de ti, no sólo de tu leche, sino también de tus caricias, de tus canciones, de tus palabras, de tu calor. Y el tiempo pasa, desde luego que pasa. Llegará el momento en el que, sin darte cuenta casi, las tomas se acorten y las horas de sueño nocturno se alarguen. Tu bebé aprenderá a sostener la cabeza, luego a darse la vuelta, luego a gatear. El día menos pensado te regalará una sonrisa y pensarás que todo el esfuerzo ha sido poco. Un día te
dirá mamá. Lo verás correr en el parque, subirse solo al tobogán, jugar con otros niños, garabatear las primeras letras que te mostrará orgulloso.
Y por nada del mundo querrás cambiarte por esa otra que eras, y que tan poco sabía acerca del AMOR…  (V. Watson)