miércoles, 8 de octubre de 2014

Voluntariado, Miedo y ese Ángel de la Guarda.

Hace unos años, cuando vivía en Madrid, hice voluntariado de niñas huérfanas durante un año. Uno o dos días en semana iba con dos amigas después de trabajar a un orfanato a jugar con niñas de otros países que sus padres no podían hacerse cargo de ellas y estaban bajo la tutela de unas monjitas. Nuestra labor allí era sencilla: estábamos un rato jugando con ellas (intentábamos organizarles juegos o actividades que les gustaran), luego las ayudábamos a ducharse y les dábamos la cena. El cariño que poco a poco ellas nos iban cogiendo a nosotras y viceversa no es comprensible para el poco tiempo que pasábamos juntas. Las más pequeñitas se agarraban a nuestras piernas cuando nos íbamos y no nos soltaban. Fue una experiencia que nos aportó más a nosotras que a ellas, de eso estoy segura.



Estas son algunas de las niñas con las que pasábamos las tardes aquellas de invierno, en las que jugar después de trabajar se convirtió en una bonita rutina.


 Mi familia siempre ha colaborado de alguna forma en voluntariados, especialmente mi hermana, yéndose a otros países a pasar unos meses ayudando en lo que hiciera falta. Eso os lo contará ella en otros post, porque creo que puede servir de ayuda a mucha gente con las mismas inquietudes que nosotras.

Pero desde hace unos meses y como mi horario laboral me lo permite, estaba buscando algún tipo de voluntariado en Sevilla. No sabía exactamente qué quería, si orfanato otra vez con niños o probar algo distinto. Mi hermana ha colaborado mucho con la Cruz Roja, pero a mí no me llamaba especialmente la atención. De entre todas las opciones que busqué, hubo 3 que me gustaron mucho: Niños pequeños que están en la cárcel porque sus madres están allí; orfanato o niños con cáncer. Esta última opción me la comentó mi prima y fue la que me atrajo en un principio.

Desde que tengo un ángel de la guarda ahí arriba, me ha cambiado la forma de ver la vida. Suena a tópico, pero es lo que a mí me ha pasado. Aquel invierno hace ahora dos años en el que tuve que entender  o intentar entender (aún no lo he conseguido) porqué un bebé con toda la vida por delante y con muchas ganas de comerse el mundo tenía que irse así de repente, me rompió en 2 partes. Fue un golpe fuerte contra una realidad a la que, afortunadamente, muchos no estamos acostumbrados. Y yo, que había tenido MIEDO siempre a todo, comprendí que el miedo es otra cosa. Y por supuesto que a veces se me olvida y vuelvo a sentir miedo por cosas que no merecen la pena. 
Pero el otro día, después de nuestra charla con una de las tutoras de la AECC (asociación española contra el cáncer) tuve claro que ése era el voluntariado que estaba buscando. Y encima me sentí egoísta, porque creo que me va aportar más a mí, que al paciente. Nos dijeron que para estar con los niños ya había demasiada gente y lo que se necesita de verdad es ayudar a las personas mayores. Escucharlas, animarlas, consolarlas e intentar transmitirles toda la energía positiva y las ganas de luchar que podamos. Ellos en la mayoría de los casos no quieren preocupar a sus familiares, hijos, marido o mujer, y buscan ese hombro donde poder llorar. Donde poder desahogarse, porque como ella misma nos explicó tienen mucho miedo a no poder vencer a su enfermedad, y no ver como crecen sus hijos.

Salimos de allí con el corazón en un puño, sabiendo que será duro, pero que es lo que queremos hacer, que se necesita y además estoy segura que cada día será un nuevo aprendizaje sobre eso que todo el mundo habla...sobre la vida.

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